Los Estrategiofóbicos

Tal vez el término de “estrategiofóbicos” es un tanto exagerado como título de esta reflexión. No es la intención referirnos al caso extremo de aquellos con un miedo irracional a contar con estrategia alguna. Más bien, quisiéramos tocar un caso mucho más común, en el que se le da poca importancia al valor de disponer de un buen análisis estratégico como base para definir nuestro plan de acción. Desafortunadamente es ésta una tendencia bastante generalizada, en ocasiones motivada por nuestro deseo de actuar ya y, sobre todo, por una injustificada seguridad de saber de antemano lo que se requiere hacer.

Esta actitud en el ámbito de los negocios o del desarrollo regional es equivalente al viajero que se arriesga a salir de viaje sin un objetivo claro y sin un mapa, o al menos una idea de las opciones para llegar. En las empresas se cae en esta trampa pues se piensa que es suficiente tener como objetivo el éxito financiero. Igual sucede en los esfuerzos de desarrollo regional donde seguido no llegamos más allá de definir como objetivo una economía dinámica y un nivel de vida alto para la población. Estos objetivos tan generales se traducen a su vez en estrategias generales del tipo ‘vamos a vender más’ o ‘vamos a exportar’. Y es aquí donde viene el salto peligroso pues, en lugar de una definición clara de estrategias específicas basadas en análisis de fortalezas y competitividades, se procede de golpe a una aplicación indiscriminada de las estrategias generales.

Recientemente me tocó vivir un ejemplo de esto en un intercambio de ideas sobre las opciones de desarrollo para una región. Hubo una posición fuertemente defendida a favor de establecer estrategias de atracción de inversiones y de fomento de mecanismos de comercialización sin tener la precaución de cuestionar el propósito de dichos esfuerzos. Esto es equivalente al viajero referido anteriormente: se sale de viaje (atracción de inversiones) sin tener una idea del objetivo final (que tipo de economía regional queremos). Esto recuerda el pasaje en “Alicia en el País de las Maravillas” en el que se señala que no hay diferencia en que dirección se avance si no se tiene idea de adonde se quiere llegar.

El lado negativo de la Intuición

Podrían encontrarse muchas explicaciones para este proceder, pero quisiera concentrarme en dos. La primera es la dependencia en la “Intuición”, un recurso (¿facultad?) que ha recibido mucho más mérito del que merece. Al final de cuentas, la intuición no es más que el producto inconciente de los procesos de razonamiento y relacionamiento del cerebro a partir de la información que en forma más o menos confiable ha recabado a través de los sentidos. Su resultado se ve afectado no sólo por la calidad y estabilidad de esta información ya procesada y almacenada sino por factores emotivos y prejuicios que le confieren una característica subjetiva que no puede soslayarse.

Indudablemente que hay quienes muestran un mayor grado de ‘intuición’ para identificar un nuevo negocio o un nuevo producto, pero nunca se tiene la manera de evaluar si en realidad esas personas contaban con mayor información y/o una mayor capacidad para encontrar y contrastar las conexiones entre datos aparentemente dispersos.

También hay un factor de comodidad. “Escuchar la intuición” es una manera de ahorrar tiempo y esfuerzo. Es mas fácil utilizar el argumento de “esto me late” que el llevar a cabo un análisis racional utilizando las herramientas y la información disponible. Además, por su carácter personal e individual, es un recurso muy a la mano de líderes autócratas y políticos a la antigua, poco abiertos al cuestionamiento y autoinvestidos de una obligación de guiar y orientar.

Hagamos lo que nos ha funcionado

Una segunda explicación es la resistencia a probar nuevas cosas. Es el miedo a tomar el camino menos transitado al que se refería Robert Frost. Después de todo hay una lógica evidente detrás de la propuesta de intentar de nuevo lo que ha funcionado en el pasado. Lo que no es tan evidente es lo cambiante de las circunstancias y el impacto que esto puede tener en la validez de esta selección.

Toda estrategia implica asumir un riesgo ya que se decide por un camino en especial sacrificando otras alternativas. Esto es más fácil cuando se opta por una estrategia conocida. También esta la resistencia a abandonar ideas consentidas o aquellas a que se les ha dedicado ya mucho tiempo y recursos.

Resultados

La manera más fácil de perderse es arrancar caminando sin reflexión ni plan. El resultado de actuar por intuición o atenerse a lo conocido puede ser grave. Un plan verdaderamente estratégico requiere una revisión periódica en la que se actualice el diagnóstico de la situación actual y se valide la visión y de aquí se planteen las estrategias y acciones con objetividad y en base a un análisis exhaustivo de alternativas viables.

 

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