Convénceme de que debo ponerme a dieta…

Hace cierto tiempo, una buena amiga, que por entonces daba asesorías personalizadas en nutrición, recibió la visita de una señora preocupada por su peso. Como eran conocidas, de buenas a primeras la retó: “Convénceme de que debo ponerme a dieta”. Directa y claridosa, la respuesta no se dejó esperar: “El problema lo tienes tú, si no vienes convencida no perdamos el tiempo ambas”.

Desafortunadamente está una situación que se repite en forma frecuente, con múltiples variantes pero basada en una actitud común, la de no hacernos responsables de nosotros mismos y de nuestro futuro. Sabemos que necesitamos actuar pero encontramos la salida fácil pasando la responsabilidad a alguien más. Total, si no funciona tenemos ya una buena excusa para seguir haciendo lo mismo.

Lo mismo pasa con las regiones y los clusters que piensan que todo es cuestión de contratar un buen consultor a quien se busca transferir la carga de la responsabilidad y el esfuerzo. No nos decidimos a tomar el riesgo de probar y asumir la responsabilidad tanto del proceso como de los resultados. Lo triste es que, conciente o inconcientemente, algunos consultores internos y/o externos caen en la trampa. Y no es que el consultor no tenga responsabilidad en el proceso y los resultados, por algo se le paga, pero al final de cuentas quien tiene su futuro en juego es el contratante. Es como el viejo cuento del cerdo y la gallina que distingue la diferencia entre estar comprometido y estar involucrado.

La situación es aún más preocupante cuando nuestra responsabilidad se extiende a los intereses de otras personas. Hace tiempo, me tocó observar una actitud similar en el responsable de una unidad de apoyo a grupos de empresarios con inquietudes por trabajar coordinadamente. Su justificación para los pocos resultados era muy sencilla: “no voy a donde no me invitan”. Con esta actitud, no es de extrañarse que no fuese invitado y así el círculo se cierra en una forma elegante. Algo parecido a lo que buscaba quien pedía ser convencida sin ganas de serlo.

Traspasando nuestra propia y muy personal responsabilidad a los demás adormecemos nuestra conciencia y vivimos más tranquilos, aunque nuestro futuro y el de los que nos rodean quede en entredicho.

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